En nuestra narrativa de continuar dejando huellas digitales y organizar la historia del Taekwondo deportivo, continuamos mostrando las hazañas, trabajo y esfuerzos de atletas y entrenadores que han dejado un legado. Hoy nos toca conversar sobre Ireno Fargas
En el desarrollo del taekwondo moderno hay figuras que ganan medallas y otras que transforman estructuras. Ireno Fargas (España) pertenece, sin discusión, a este último grupo. Su nombre aparece en el origen de todo, cuando el taekwondo español buscaba su lugar en el mapa internacional, el ayudó a que el país pasara de la plata al siguiente nivel.
Fue campeón de Europa en Roma 1980 y, poco después, se convirtió en el primer campeón del mundo español al conquistar el título en Dinamarca 1983, un logro que no solo marcó su carrera, sino que abrió una puerta que hasta entonces parecía lejana para el deporte español y que luego se convertiría en una vorágine de resultados, que aún día sitúa a España como la segunda potencia mundial de este deporte, sólo superado por Corea en resultados.
Ireno bueno en combate y bueno en la silla.
Sobre el tatami, Fargas era mucho más que un competidor fuerte. Tenía una inteligencia competitiva poco común, una capacidad precisa para puntuar y una lectura del combate que le permitía imponerse con control y eficacia. No era un atleta impulsivo, sino un estratega en movimiento, alguien que entendía el combate como un sistema. Esa visión, todavía incipiente en su etapa como deportista, sería la base de todo lo que vendría después.
El salto

El salto definitivo llegó en Seúl 1988. En aquellos Juegos Olímpicos, aún en fase de exhibición para el taekwondo, Fargas asumió el rol de entrenador y llevó a varios de sus dirigidos hasta instancias finales del torneo. Enfrentarse de tú a tú con los mejores coach coreanos de la historia; estimular a José Sanabria (plata Seul 58 kg) a enfrentarse con hidalguía ante el coreano Yook Sik, a Gabriel García (plata Seúl 50-54 kg) ante Ha Tae Kyong o dirigir magistralmente a Jose María Elez (QEPD) -plata Seúl 64-70 kg- ante un imparable Park Bwon Kwon, no pasaron desapercibido, sobre todo porque esas finales fueron televisadas.
Aquella experiencia no solo lo posicionó en la escena internacional, sino que confirmó algo que ya empezaba a intuirse: su verdadero impacto no estaría únicamente en lo que había ganado, sino en lo que sería capaz de construir.
Uno de los momentos más significativos de su trayectoria como seleccionador llegó en el Campeonato del Mundo de Nueva York 1993. Allí, España firmó una actuación histórica que confirmó la madurez de su sistema de trabajo. Los títulos mundiales de Javier Argudo e Isabel Cruzado no fueron una sorpresa, sino la evidencia de un proceso bien construido. Aquel campeonato consolidó a España como una potencia emergente y validó el enfoque metódico de Fargas en la élite internacional.
El quirófano donde se hicieron campeones
Pero si hay un espacio donde su influencia se hizo estructural fue en el Centro de Alto Rendimiento de Barcelona. Allí, Ireno Fargas convirtió una instalación en una auténtica fábrica de campeones.Bajo su dirección crecieron nombres que marcaron época, como Juan Antonio Ramos, José Jesús Márquez —dobles campeones mundiales—, Isabel Cruzado, Ireana Ruiz, Belén Asensio -doble campeona mundial- o Ángel Alonso, además del medallista olímpico Gabriel Esparza en Sídney 2000. No eran éxitos aislados, sino la consecuencia de una metodología replicable que convirtió en José Santolaria y Coral Bistuer en campeones en Barcelona 1992.
La cantera parecía no parar, en el CAR se formaron atletas que marcaron una época en Europa y en el mundo, como Francisco Zas, Jon García, Rosendo Alonso o Brigitte Yagüe -triple campeona mundial-, además de muchos otros nombres que integran una lista extensa, casi inabarcable, de competidores que pasaron por sus manos.
A partir del cierre de una etapa, su carrera tomó una dirección poco habitual para la época. Se convirtió en uno de los primeros técnicos europeos en exportar conocimiento, trabajando con distintas selecciones y dejando una huella profunda especialmente en Francia y México. En ambos contextos no se limitó a entrenar atletas; implantó estructuras, organizó sistemas y elevó estándares.

Mamedy Doucara,Pascal Gentil, por Francia serían dirigidos por el español, y en México llevó al oro mundial a Edna Díaz en Madrid 2005, y a Idulio Islas lo convirtió en campeón del mundo junior.
Pero su visión no se limitó al entrenamiento. Fargas también entendió que el crecimiento del taekwondo necesitaba ser contado, explicado y difundido. Fue pionero en el periodismo especializado con la revista Taekwondo y desarrolló materiales formativos, incluidos videos tutoriales, en una época en la que ese tipo de contenido era prácticamente inexistente. A esto se sumaron seminarios impartidos en distintos países, ampliando su influencia mucho más allá de los equipos que dirigía directamente.
Un mentor deportivo
Entre todos ellos, hay una figura que sintetiza la dimensión de su trabajo: Elena Benítez. Campeona olímpica y mundial, considerada una de las deportistas más excepcionales de todos los tiempos en el taekwondo, fue una de las primeras en alcanzar ese doble reconocimiento en la élite. Hoy, como Directora Técnica de la Real Federación Española de Taekwondo, su voz tiene peso institucional, pero cuando habla de Fargas lo hace desde la admiración. Sus palabras suelen desbordarse en elogios hacia quien fue una pieza clave en su desarrollo, reconociendo no solo al entrenador, sino al formador.
Proceso privado

Con el paso de los años, su influencia se expandió aún más. En San Luis de Potosí, en México, encontró un espacio donde desarrollar una de sus ideas más ambiciosas. Desde La Loma, ayudó a construir durante años una base de entrenamiento que se convirtió en punto de encuentro para atletas y selecciones de todo el mundo. Allí no solo se entrenaba; se compartían conceptos, se cruzaban estilos y se elevaba el nivel global del taekwondo. Ha sido y aún lo es en muchos sentidos, un laboratorio internacional del alto rendimiento.
Quienes han trabajado con él coinciden en una descripción clara: es un entrenador metódico, exigente y con una capacidad excepcional para diseñar planificaciones. Nada quedaba al azar. Cada sesión, cada carga de trabajo y cada decisión respondían a una estructura. Sin embargo, con el paso del tiempo, también tomó distancia de la presión constante de los resultados. Eligió una vida más tranquila, más enfocada en la enseñanza que en la exposición, sin romper nunca su vínculo con el taekwondo. Hoy sigue activo, organizando campamentos y compartiendo conocimiento desde una perspectiva más serena.
Hay, además, un rasgo que termina de definir su figura. A pesar de su trayectoria, Fargas ha rechazado siempre el protagonismo. En entrevistas ha insistido en que los logros pertenecen a los atletas, a quienes considera los verdaderos responsables del éxito. Esa manera de entender el alto rendimiento, desde el método pero también desde la humildad, explica por qué su nombre ocupa un lugar especial en la historia.
Ireno Fargas no solo fue el primer campeón del mundo español. Fue un pionero que cruzó fronteras, un formador de campeones y un arquitecto de sistemas que siguen dando resultados. En un deporte que muchas veces mira solo el podio, su legado permanece en algo más profundo: haber enseñado a otros cómo llegar a él.
Carlos Hernández
Fotos de Internet. Crédito al que corresponda